lunes, 8 de diciembre de 2014

De todas mis jaulas. De la desidia (y puede que un segundo galaxo)

Las puntas de mis dedos están manchadas de un icor desconocido. Algo que se arrastra a medio camino entre la sangre y el vómito; algo negruzco y viscoso que parece haber salido de mí, pero no hay heridas, ni sabor a bilis en los dientes. Nada. 
Estoy sentada de piernas cruzadas en medio de un charco que se aparta de mí como si lo repeliese, pero me rodea hasta asfixiarme. Sus únicos límites forman un círculo perfecto a mi alrededor; después, se extiende como un inmenso océano hacia más allá de lo que pueden vislumbrar mis ojos mortales. Tal vez jamás termine. Tal vez jamás logre salir de él.
¿Qué ha pasado? Mis pestañas pegajosas por el llanto, mis ojos hinchados y tumefactos me indican que el camino hacia aquí no ha sido sencillo ni exento de dolores. Sin embargo, ahora mismo mi cascarón está tan vacío de pájaros como una jaula abierta. ¿Esto ha sido todo? Ya no cantan en mí, ¿por qué escribo? ¿Cómo escribo? Los límites difuminados tal vez no sean sólo luz, sino también ausencia de los iris de un dios. 
¿De quién es este cuerpo? ¿Es la felicidad la migración sin retorno de todos los pájaros? ¿Debo considerar, entonces, precipitarme a la tragedia?

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